Intenciones del Santo Padre Benedicto XVI para el mes de Septiembre 2011

PAPA FRANCISCO

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos de nuevo con las catequesis del Año de la fe, reflexionando sobre la resurrección de Jesús. ¿Cómo se ha transmitido esta verdad de fe? En las Escrituras encontramos dos tipos de testimonios al respecto: el primero, las breves fórmulas como la que hemos escuchado en la lectura del Apóstol, que indican con concisión el núcleo de la fe: la pasión, muerte y resurrección del Señor. El segundo, las narraciones que relatan el acontecimiento. Es significativo el hecho de que sean mujeres, que según la ley no podían dar un testimonio fiable, las primeras en anunciar la resurrección. Dios no las elige con criterios humanos sino que mira a su corazón. Su experiencia parte del amor, que las mueve a acudir al sepulcro, y que las hace capaces de acoger el signo de la tumba vacía y el anuncio del mensajero de Dios, y trasmitirlo, pues la alegría y la esperanza que las invade no se puede contener.

Audiencia General 03 de abril del 2013.



jueves, 26 de abril de 2012



Marcello Lippi tiene razón˸ yo no soy una tifosa de la Squadra Azzurra… o por lo menos no una verdadera tifosa.

 

En fecha reciente asistí a una charla sobre Ética del deporte que Marcello Lippi, ex-entrenador de la Squadra Azzurra que llevó al equipo a ganar la copa del Mundial de futbol Alemania 2006, dictó en un universidad romana.

Al finalizar la charla se abrió paso a una sesión de preguntas. Yo, la única mujer presente en la sala que formuló una pregunta, cuando me cedieron la palabra, a manera de introducción le dije al señor Lippi que yo era una tifosa de la Squadra Azzurra de Venezuela. Ante mi comentario, el señor Lippi me dice que en Italia se encuentra jugando un jugador de futbol venezolano y me dice su nombre. A lo que yo le dije, muy sinceramente˸  ̏yo no conozco a ese jugador ̋. Lo lamento por mi conterráneo y por mí pero no lo conozco. Ante mi declaración, el Señor Lippi me dice de manera seca y delante de todo el auditorio˸ ̏ Lei non é una tifosa della Squadra Azzurra ̋, entiéndase˸ ̏ Usted no es una aficionada de la Squadra Azurra ̋. Ante este comentario yo me dije para mis adentros˸ ̏ Si que soy una tifosa de la Squadra Azzurra ̋.

Al terminar el evento, yo me repetí por segunda vez ̏ Si que soy una tifosa de la Squadra Azzurra ̋, a lo que añadí˸ ̏ Yo veo algunos de sus partidos, tengo la franela, la gorra… y como si fuera poco por mis venas corre sangre italiana ̋. Un poco más tarde, pensando en lo sucedido, me dije˸ ̏ El señor Lippi tiene razón, yo no soy una tifosa de la Squadra Azzurra, o por lo menos no una verdadera tisosa. Para ser un tifoso no es suficiente ver algunos partidos, tener la franela, la gorra, ni basta con tener sangre italiana. El verdadero tifoso conoce todos los detalles del equipo, su día a día, conoce a todos sus jugadores, sabe de todos sus triunfos y también de todas sus derrotas… y yo, lo debo admitir, no me encuentro en ese nivel ̋.
 
Este episodio me ha servido como introducción para escribir sobre algo que desde hace algún tiempo he venido observando y sobre lo cual deseaba escribir pero no sabía exactamente cómo abordarlo, así que gracias a lo ocurrido con el señor Lippi he encontrado la clave para hacerlo.

Con el hecho de ser católicos, o verdaderos católicos o no, pasa lo mismo o casi lo mismo ₍ya que ambas cosas no se pueden colocar al mismo nivel de importancia₎ que con ser o no un verdadero fanático de algún club deportivo. Al igual que con el ser devotos, o verdaderos devotos, de María.

Vemos con mucha frecuencia a algunos ̏católicos ̋ que van a misa, tienen la biblia en sus casas, puede que la lean o no, y puede darse incluso que de vez en cuando vayan a algún retiro espiritual, y hasta hay quienes están a la cabeza de algún grupo de apostolado o representan a algún movimiento católico de laicos, pero que de acuerdo a su estilo de vida, a lo que expresan con sus palabras y acciones podría perfectamente decirse ̏esta persona no es católica, o por lo menos no se comporta como tal ̋. Hay quienes parecen más bien anti-católicos. Porque ser católicos, o verdaderos católicos, implica un estilo de vida determinado, el ser católicos hay que encarnarlo, vivirlo en todos los aspectos de la vida y transmitirlo a los demás cuando hablamos y cuando callamos, cuando actuamos y cuando estamos quietos, en todo y siempre. Al autentico católico se le conoce y al que no lo es, o no es tan autentico, tarde o temprano también se le conoce realmente. Muchos de los que se denominan devotos de María tampoco son tales. Su devoción se limita a cantarle a la virgen, a ir a alguna procesión y celebrar algunas fiestas marianas, es algo más bien emocional, superficial. Conozco quienes se declaran devotísimos de la virgen, lucen costosas medallas con la imagen de alguna de sus advocaciones, usan los rosarios como collares o pulseras que están tan de moda pero no saben rezar el rosario, y lo que es más lamentable es que tampoco quieren aprender, evaden cuando se les quiere enseñar.

Además, y esto es muy grave, y es a lo que me refiero cuando digo que hay quienes parecen más bien anti-católicos, entre los que se llaman católicos y devotos de María hay quienes se manifiestan abiertamente a favor de algunos tipos de aborto, a favor de los métodos anticonceptivos no naturales, apoyan las uniones libres y el adulterio ₍algunos viven en estas situaciones₎ y otras cosas contrarias a la moral y a la enseñanzas de la iglesia.

Quienes así actúan no son verdaderos católicos y tampoco son verdaderos devotos de María.

Si, tiene razón el señor Lippi˸ ̏ yo no soy una tifosa de la Squadra Azzurra ̋, o por lo menos no una verdadera tifosa. Sólo espero que nadie nunca me tenga que decir, en público o en privado˸ ̏ Esther, tú no eres una verdadera católica ̋ o ˸ ̏ Esther, tú no eres una verdadera devota de María ̋. Esto sí que sería lamentable, esto sí que sería un asunto serio.

Por lo demás, espero llegar a ser una mejor tifosa de la Squadra Azzurra, ci proveró…

Esther María Iannuzzo.

lunes, 2 de abril de 2012





Desde mi Cruz a tu soledad

    Te escribo desde el silencio de mi cruz a tu soledad, a ti, que tantas veces pasé frente a ti y no me recibiste, me miraste sin verme y me oíste sin escucharme.  A ti, que tantas veces prometiste seguirme de cerca y sin saber por qué te distanciaste de las huellas que dejé en el mundo para que no te perdieras, ahí te mostré mi estrella y no la seguiste.
    A ti, que no siempre crees que estoy contigo, que me buscas sin hallarme y a veces pierdes la fe en encontrarme, a ti, que a veces piensas que soy un recuerdo y no comprendes que estoy vivo.
    Yo soy el principio y el fin, soy el camino para no desviarte, la verdad para que no te equivoques y la vida para no morir.
   Mi tema preferido es el amor, por eso estoy aquí en esta cruz en silencio y ofreciendo este dolor, ha sido mi razón para vivir y para morir.
    Yo fui libre hasta el fin, tuve un ideal claro y lo defendí con mi sangre para salvarte.   Fui maestro y servidor, soy sensible a la amistad y hace tiempo que espero que me regales la tuya.
  Nadie como yo conoce tu alma, tus pensamientos, tu proceder, y sé muy bien lo que vales.
   Sé que quizás tu vida te parezca pobre a los ojos del mundo, pero Yo sé que tienes mucho para dar, y estoy seguro que dentro de tu corazón hay un tesoro escondido; conócete a ti mismo y me harás un lugar a mi en Semana Santa.
  Si supieras cuánto hace que golpeo las puertas de tu corazón pidiendo consuelo y no recibo respuesta, parece que tu casa está llena y no hay un espacio para mí, por eso he tenido que pasar de largo.
  A veces también me duele que me ignores y me condenes como lo hizo Herodes y Pilatos, para ambos fui un estorbo, otras que me niegues como Pedro y que otras tantas me traiciones como Judas.
  Y hoy a pocos días de mi muerte, te pido paciencia para tus padres, amor para tu pareja, responsabilidad para con tus hijos, tolerancia para los ancianos, comprensión para todos tus hermanos, compasión para el que sufre, servicio para todos.
  Quisiera no volver a verte egoísta, orgulloso, rebelde, disconforme, pesimista. Desearía que tu vida fuera alegre, siempre joven, siempre sencilla como la de un niño y cristiana.
  Cada vez que aflojes, búscame y me encontrarás, ahí en el silencio de esta cruz; cada vez que te sientas cansado, háblame, cuéntame, ahí estaré esperándote.
  Cada vez que creas que no sirves para nada no te deprimas, no te creas poca cosa, no olvides que yo necesité de un asno para entrar en Jerusalén y necesito de tu pequeñez para entrar en el alma de tu prójimo.
  Cada vez que te sientas solo en el camino, no olvides que estoy contigo.
  No te canses de pedirme que yo no me cansaré de darte, no te canses de seguirme que yo no me cansaré de acompañarte, nunca te dejaré solo.

Aquí a tu lado me tienes, estoy para ayudarte.
 Te quiero mucho, tu amigo:
 Jesús

domingo, 18 de marzo de 2012



Carta de Asia Bibi a su familia


Mi querido Ashiq, mis queridos hijos:

(...) Desde que he vuelto a mi celda y sé que voy a morir, todos mis pensamientos se dirigen a ti, mi amado Ashiq, y a vosotros, mis adorados hijos. Nada siento más que dejaros solos en plena tormenta.

Tú, Imran, mi hijo mayor de dieciocho años, te deseo que encuentres una buena esposa, a la que tú harás feliz como tu padre me ha hecho a mí.

Tú, mi primogénita Nasima, de veintidós años, ya tienes tu marido, con una familia que tan bien te ha acogido; da a tu padre pequeños nietecitos que educarás en la caridad cristiana como te hemos educado nosotros a ti.

Tú, mi dulce Isha, tienes quince años, aunque seas medio loquilla. Tu papá y yo te hemos considerado siempre como un regalo de Dios, eres tan buena y generosa... No intentes entender por qué tu mamá ya no está a tu lado, pero estás tan presente en mi corazón, tienes en él un lugarcito reservado nada más que para ti.

Sidra, no tienes más que trece años, y bien sé que desde que estoy en prisión eres tú la que se ocupa de las cosas de la casa, eres tú la que cuida de tu hermana mayor, Isha, que tanto necesita de ayuda. Nada siento más que haberte conducido a una vida de adulto, tú que eres tan jovencita y que deberías estar todavía jugando a las muñecas.

Mi pequeña Isham, sólo tienes nueve años, y vas a perder ya a tu mamá. ¡Dios mío, qué injusta puede ser la vida! Pero como continuarás yendo a la escuela, quedarás bien armada para defenderte de la injusticia de los hombres.

Mis niños, no perdáis ni el valor ni la fe en Jesucristo. Os sonreirán días mejores y allá arriba, cuando esté en los brazos del Señor, continuaré velando por vosotros. Pero por favor, os pido a los cinco que seáis prudentes, os pido no hacer nada que pueda ofender a los musulmanes o las reglas de este país. Hijas mías, me gustaría que tuvierais la suerte de encontrar un marido como vuestro padre.

Ashiq, a ti te he amado desde el primer día, y los veintidós años que hemos pasado juntos lo prueban. No he dejado nunca de agradecer al cielo haberte encontrado, haber tenido la suerte de un matrimonio por amor y no concertado, como es costumbre en nuestra provincia. Teníamos los dos un carácter que encajaba, pero el destino está ahí, implacable… Individuos infames se han cruzado en nuestro camino. Hete ahí, solo con los frutos de nuestro amor: guarda el coraje y el orgullo de nuestra familia.

Hijos míos, (...) papá y yo hemos tenido siempre el deseo supremo de ser felices y de haceros felices, aun cuando la vida no es fácil todos los días. Somos cristianos y pobres, pero nuestra familia es un sol. Me habría gustado tanto veros crecer, seguir educándoos y hacer de vosotros personas honestas… ¡y lo seréis! (...) No sé todavía cuándo me cuelgan, pero estad tranquilos, amores míos, iré con la cabeza bien alta, sin miedo, porque estaré en compañía de Nuestro Señor y con la Virgen María, que me acogerán en sus brazos.

Mi buen marido, continúa educando a nuestros niños como yo habría deseado hacerlo contigo.
Ashiq, hijos míos amadísimos, os voy a dejar para siempre, pero os amaré por toda una eternidad.

Mamá.



Este documento ha sido tomado de la siguente dirección: http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=20869

BENEDICTO XVI
AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles 14 de marzo de 2012



María orando con los Apóstoles el día de Pentecostés.


 Queridos hermanos y hermanas:

Con la catequesis de hoy quiero comenzar a hablar de la oración en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de san Pablo. Como sabemos, san Lucas nos ha entregado uno de los cuatro Evangelios, dedicado a la vida terrena de Jesús, pero también nos ha dejado el que ha sido definido el primer libro sobre la historia de la Iglesia, es decir, los Hechos de los Apóstoles. En ambos libros, uno de los elementos recurrentes es precisamente la oración, desde la de Jesús hasta la de María, la de los discípulos, la de las mujeres y la de la comunidad cristiana. El camino inicial de la Iglesia está marcado, ante todo, por la acción del Espíritu Santo, que transforma a los Apóstoles en testigos del Resucitado hasta el derramamiento de su sangre, y por la rápida difusión de la Palabra de Dios hacia Oriente y Occidente. Sin embargo, antes de que se difunda el anuncio del Evangelio, san Lucas refiere el episodio de la Ascensión del Resucitado (cf. Hch 1, 6-9). El Señor entrega a los discípulos el programa de su existencia dedicada a la evangelización y dice: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta el confín de la tierra» (Hch 1, 8). En Jerusalén los Apóstoles, que ya eran sólo once por la traición de Judas Iscariote, se encuentran reunidos en casa para orar, y es precisamente en la oración como esperan el don prometido por Cristo resucitado, el Espíritu Santo.
 
En este contexto de espera, entre la Ascensión y Pentecostés, san Lucas menciona por última vez a María, la Madre de Jesús, y a sus parientes (cf. v. 14). A María le dedicó las páginas iniciales de su Evangelio, desde el anuncio del ángel hasta el nacimiento y la infancia del Hijo de Dios hecho hombre. Con María comienza la vida terrena de Jesús y con María inician también los primeros pasos de la Iglesia; en ambos momentos, el clima es el de la escucha de Dios, del recogimiento. Hoy, por lo tanto, quiero detenerme en esta presencia orante de la Virgen en el grupo de los discípulos que serán la primera Iglesia naciente. María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la cruz, y ahora sigue también, con una oración silenciosa, el camino de la Iglesia. En la Anunciación, en la casa de Nazaret, María recibe al ángel de Dios, está atenta a sus palabras, las acoge y responde al proyecto divino, manifestando su plena disponibilidad: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu voluntad» (cf. Lc 1, 38). María, precisamente por la actitud interior de escucha, es capaz de leer su propia historia, reconociendo con humildad que es el Señor quien actúa. En su visita a su prima Isabel, prorrumpe en una oración de alabanza y de alegría, de celebración de la gracia divina, que ha colmado su corazón y su vida, convirtiéndola en Madre del Señor (cf. Lc 1, 46-55). Alabanza, acción de gracias, alegría: en el cántico del Magníficat, María no mira sólo lo que Dios ha obrado en ella, sino también lo que ha realizado y realiza continuamente en la historia. San Ambrosio, en un célebre comentario al Magníficat, invita a tener el mismo espíritu en la oración y escribe: «Cada uno debe tener el alma de María para alabar al Señor; cada uno debe tener el espíritu de María para alegrarse en Dios» (Expositio Evangelii secundum Lucam 2, 26: pl 15, 1561).

También en el Cenáculo, en Jerusalén, «en la sala del piso superior, donde solían reunirse» los discípulos de Jesús (cf. Hch 1, 13), en un clima de escucha y de oración, ella está presente, antes de que se abran de par en par las puertas y ellos comiencen a anunciar a Cristo Señor a todos los pueblos, enseñándoles a guardar todo lo que él les había mandado (cf. Mt 28, 19-20). Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la cruz, donde el Hijo le confía al apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cf. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente. La presencia de la Madre de Dios con los Once, después de la Ascensión, no es, por tanto, una simple anotación histórica de algo que sucedió en el pasado, sino que asume un significado de gran valor, porque con ellos comparte lo más precioso que tiene: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: conservar la memoria de Jesús y así conservar su presencia.

La última alusión a María en los dos escritos de san Lucas está situada en el día de sábado: el día del descanso de Dios después de la creación, el día del silencio después de la muerte de Jesús y de la espera de su resurrección. Y en este episodio hunde sus raíces la tradición de Santa María en Sábado. Entre la Ascensión del Resucitado y el primer Pentecostés cristiano, los Apóstoles y la Iglesia se reúnen con María para esperar con ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede ser testigos. Ella, que ya lo había recibido para engendrar al Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de todo creyente «se forme Cristo» (cf. Ga 4, 19). Si no hay Iglesia sin Pentecostés, tampoco hay Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque ella vivió de un modo único lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo. San Cromacio de Aquileya comenta así la anotación de los Hechos de los Apóstoles: «Se reunió, por tanto, la Iglesia en la sala del piso superior junto con María, la Madre de Jesús, y con sus hermanos. Así pues, no se puede hablar de Iglesia si no está presente María, la Madre del Señor… La Iglesia de Cristo está allí donde se predica la Encarnación de Cristo de la Virgen; y, donde predican los Apóstoles, que son hermanos del Señor, allí se escucha el Evangelio» (Sermo 30, 1: sc 164, 135).

El concilio Vaticano II quiso subrayar de modo especial este vínculo que se manifiesta visiblemente al orar juntos María y los Apóstoles, en el mismo lugar, a la espera del Espíritu Santo. La constitución dogmática Lumen gentium afirma: «Dios no quiso manifestar solemnemente el misterio de la salvación humana antes de enviar el Espíritu prometido por Cristo. Por eso vemos a los Apóstoles, antes del día de Pentecostés, “perseverar en la oración unidos, junto con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y sus parientes” (Hch 1, 14). María pedía con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación la había cubierto con su sombra» (n. 59). El lugar privilegiado de María es la Iglesia, donde «es también saludada como miembro muy eminente y del todo singular... y como su prototipo y modelo destacadísimo en la fe y en el amor» (ib., 53).

Venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa, por consiguiente, aprender de ella a ser comunidad que ora: esta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana trazada en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2, 42). Con frecuencia se recurre a la oración por situaciones de dificultad, por problemas personales que impulsan a dirigirse al Señor para obtener luz, consuelo y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para pedir por sí mismos, sino también de modo unánime, perseverante y fiel, con «un solo corazón y una sola alma» (cf. Hch 4, 32).

Queridos amigos, la vida humana atraviesa diferentes fases de paso, a menudo difíciles y arduas, que requieren decisiones inderogables, renuncias y sacrificios. El Señor puso a la Madre de Jesús en momentos decisivos de la historia de la salvación y ella supo responder siempre con plena disponibilidad, fruto de un vínculo profundo con Dios madurado en la oración asidua e intensa. Entre el viernes de la Pasión y el domingo de la Resurrección, a ella le fue confiado el discípulo predilecto y con él toda la comunidad de los discípulos (cf. Jn 19, 26). Entre la Ascensión y Pentecostés, ella se encuentra con y en la Iglesia en oración (cf. Hch 1, 14). Madre de Dios y Madre de la Iglesia, María ejerce esta maternidad hasta el fin de la historia. Encomendémosle a ella todas las fases de paso de nuestra existencia personal y eclesial, entre ellas la de nuestro tránsito final. María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su Hijo podemos salir de «nuestra casa», de nosotros mismos, con valentía, para llegar hasta los confines del mundo y anunciar por doquier al Señor Jesús, Salvador del mundo. Gracias.




martes, 10 de enero de 2012

Dime cómo amas y te diré quien eres... conoce, vive y transmite el amor.

Madre Teresa de Calcuta.


Cuando hemos leído o escuchado las palabras de Jesús "hay que amarse los unos a los otros", son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿Y amar, qué es?, ¿una ebullición de afectos?, ¿cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos, semi conocidos o personas que te han dañado?, ¿amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos?, ¿amar será un sentimiento que emerge en nuestro interior por determinados afectos o palabras bonitas que hemos escuchado?

"El arte de amar", “el arte de conocer el amor, vivirlo y de trasmitirlo”, es el arte de trascender en la vida y darle el verdadero sentido. No se necesitan de actos heroicos extremos. La vida que verdaderamente ama, está toda ella acompañada de muchos y pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más llevadero y, por otro, estiran el corazón de quien los hace.

Te ofrezco aquí una simple lista de 24 pequeñas maneras de amar:

Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.

Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.

Pensar, por principio, bien de todo el mundo.

Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se lo merecerían teóricamente.

Sonreír. Sonreír a todas horas, con ganas o sin ellas.

Multiplicar el saludo, incluso a los semi conocidos.

Visitar a los enfermos, sobre todo a aquellos que están marcados por sufrimientos prolongados.

Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.

Hacer favores, y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.

Juan Pablo II y su agresor
Ali Agca
Olvidar ofensas, y sonreír especialmente a los ofensores. Tiene que ser un acto de la voluntad y del corazón.

Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.

Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.

Contestar, si te es posible, a todas las cartas.

Entretener a los niños pequeños. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.

Animar a tus mayores. No engañarles como chiquillos; pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.

Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos

Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.

Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.

Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos, es decir, cultivar la beneficencia en medio de la crítica.

Dar buenas noticias.

No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.

Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.

Mandar con tono suave, no gritar nunca. Si tienes que dar una negativa, hazlo con cariño.

Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

La lista podría ser interminable y los ejemplos similares e infinitos. ¡Qué programa tan valioso y a la vez sencillo para los que queremos sembrar semillas de amor, en medio de nuestra sociedad tantas veces agresiva, indiferente, envidiosa y prepotente…! amémonos los unos a los otros, con un corazón magnánimo, así como Jesús nos amó, dispuestos siempre a dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, sin esperar nada a cambio. Así como los primeros cristianos comprendieron tan hondamente, y sobre todo, practicaron tan heroicamente el gran principio que el Maestro les había dejado en su testamento antes de morir, que los mismos paganos, extrañados, les apuntaban con el dedo y tenían que confesar: "Mirad cómo se aman".

Que ésta sea nuestra tarjeta de presentación a donde queramos presentarnos y que no tengamos miedo a que nos apunten con el dedo, para decirnos, “¡MIRA CÓMO AMA!”. Tal vez me dirás, ¡cuántas minucias! Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

P. Dennis Doren, L.C.

jueves, 5 de enero de 2012

La paz sólo es posible en la justicia, la verdad y la libertad.





Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán
hijos de Dios (Mt, 5,9).

  
   La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversas, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia[1].

   Cada primero de enero, primer día del año, se celebra la jornada mundial por la paz. Es costumbre que el Santo Padre dirija al mundo desde Roma un mensaje que guie a los hombres en la construcción de tan anhelada y necesaria paz, pero de la verdadera paz, aquella basada en la justicia para todos, la verdad y la libertad.

     La Justicia.

   Continuamente, ante diversas situaciones ya sean personales, ya sea que afecten a nuestro entorno inmediato o que estén sufriendo un grupo de personas en determinado lugar, nos manifestamos diciendo: ¡Qué injusticia!, ¡las leyes no se cumplen!, ¡hace falta alguien que haga justicia!, e incluso pedimos a Dios que haga justicia. Todo esto en muchos casos es verdad, y porque no decirlo, hay que admitir que hay leyes que son injustas y discriminatorias, como las leyes que favorecen el aborto alegando defender el “derecho” de la mujer a decidir y a la “libertad” del uso del propio cuerpo suprimiendo la vida del propio hijo. Para el niño que está por nacer esta ley es injusta, de hecho le suprime el derecho fundamental para todo ser humano y sobre el cual se erigen los demás derechos, que es la vida. O las leyes que en algunos países le otorgan algunos derechos a los hombres que le son negados a la mujer. E incluso algunos de estos derechos humillan y vejan directamente la dignidad de las mujeres. Pero, ¿qué es la justicia? El Catecismo de la iglesia católica nos da una definición y nos dice que: la justicia es una virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo aquello que les corresponde[2]. La justicia hacia los hombres dispone respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común[3]. De este modo, la paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades[4] .

   «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados» (Mt 5,6). Serán saciados porque tienen hambre y sed de relaciones rectas con Dios, consigo mismos, con sus hermanos y hermanas, y con toda la creación[5].

    La Verdad

   La verdad no es aquella que de manera egoísta se construye cada uno a su medida y conveniencia y que hace caer al hombre en un relativismo moral, aquella que se llama verdad dependiendo de quién la perciba y de las circunstancias que rodeen el hecho. Algunas corrientes del pensamiento moderno han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral[6] . No es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. Se está orientado a conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del bien y del mal, y actuar en consecuencia[7]. La Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios[8]. En realidad, la libertad del hombre encuentra su verdadera y plena realización en esta aceptación[9].

   El hombre es un ser que alberga en su corazón una sed de infinito, una sed de verdad –no parcial, sino capaz de explicar el sentido de la vida– porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios[10]. Ningún hombre puede eludir las preguntas fundamentales: ¿qué debo hacer?, ¿cómo puedo discernir el bien del mal? La respuesta es posible sólo gracias al esplendor de la verdad que brilla en lo más íntimo del espíritu humano[11]. En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello[12]. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad[13].

   Cristo ha enseñado «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 32). De hecho, es libre tan sólo el hombre que conoce la verdad.

   La Libertad.

   La libertad que no es aquella de hacer lo que me plazca aun en detrimento de mi persona y de los demás. Con frecuencia, la libertad es fomentada de forma depravada, como si fuera pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala[14]. Se trata, más bien, de la libertad que me lleva a decidir y a hacer aquello que es bueno y justo tanto para mí como para mis semejantes y que resalta la dignidad de la persona humana. La libertad es una en sí, es decir, una condición del ser humano; pero la libertad como realidad está en relación con la ≤verdad≥ y con el ≤bien≥[15]. Sólo en la relación con Dios comprende el hombre el significado de la propia libertad. El hombre que cree ser absoluto, no depender de nada ni de nadie, que puede hacer todo lo que se le antoja, termina por contradecir la verdad del propio ser, perdiendo su libertad[16]. La verdadera libertad es en el hombre signo altísimo de la imagen divina[17]. El uso recto de la libertad es, central en la promoción de la justicia y la paz, que requieren el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir[18].

    Hechos Actuales

   El año que termina ha aumentado el sentimiento de frustración por la crisis que agobia a la sociedad, al mundo del trabajo y la economía; una crisis cuyas raíces son sobre todo culturales y antropológicas. Parece como si un manto de oscuridad hubiera descendido sobre nuestro tiempo y no dejara ver con claridad la luz del día[19].

  El Papa hace un llamado: Educar a los jóvenes en la justicia y en la paz.

   El mensaje del Santo Padre para la XLV Jornada Mundial de la Paz es una llamada a «Educar a los jóvenes en la justicia y la paz», convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza[20].  
Este mensaje está dirigido principalmente a los padres, las familias y a todos los estamentos educativos y formativos, así como a los responsables en los distintos ámbitos de la vida religiosa, social, política, económica, cultural y de la comunicación. Les exhorta a prestar atención al mundo juvenil, saber escucharlo y valorarlo, y les dice que esto no es sólo una oportunidad, sino un deber primario de toda la sociedad, para la construcción de un futuro de justicia y de paz[21]. 

¿Cuáles son los lugares donde madura una verdadera educación en la paz y en la justicia?

   Ante todo la familia, puesto que los padres son los primeros educadores. La familia es la primera escuela donde se recibe educación para la justicia y la paz[22]. La paz observada en el seno de la familia es la garantía contra todo riesgo de destrucción[23]. En una sociedad sacudida y disgregada por tensiones y conflictos a causa del choque entre los diversos individualismos y egoísmos, los hijos deben enriquecerse no solo con el sentido de la verdadera justicia, que lleva al respeto de la dignidad personal de cada uno, sino también y más aun del sentido del verdadero amor, como solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados[24]. También los jóvenes han de tener el valor de vivir ante todo ellos mismos lo que piden a quienes están en su entorno. Les corresponde una gran responsabilidad: que tengan la fuerza de usar bien y conscientemente la libertad. También ellos son responsables de la propia educación y formación en la justicia y la paz[25].

     La Paz

    La palabra paz deriva del latín pax. Es generalmente definida, en sentido positivo, como un estado a nivel social o personal, en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad, y en sentido negativo, como ausencia de inquietud, violencia o guerra. Desde el punto de vista del Derecho internacional y por extensión de la definición anterior, el término Paz es un convenio o tratado que pone fin a la guerra. Puede hablarse de una paz social como entendimiento y buenas relaciones entre los grupos, clases o estamentos sociales dentro de un país. En el plano individual, la paz designa un estado interior, exento de cólera, odio y de sentimientos negativos[26].  

   Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra[27].
   
   La humanidad no podrá llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir, construir un mundo más humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra, sin que todos se conviertan con espíritu renovado a la verdadera paz[28]. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. De este modo, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar[29].

   La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar[30].


Esther María Iannuzzo.


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[1] Const. Past. Gaudium et spest, n. 78.
[2] Catecismo de la iglesia católica, n. 1807.
[3] Ibid.
[4] BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n 5.
[5] Ibid. n.4.
[6] JUAN PABLO II, Veritatis splendor, n. 32. 

[7] Cf. Ibid.
[8] Ibid. n. 35.
[9] Ibid.
[10] BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n. 3.
[11] JUAN PABLO II, Veritatis splendor, n. 2.
[12] Const. Past. Gaudium et spest, n. 16.
[13] Ibid.
[14] Ibid., n. 17.
[15] FERNANDEZ, A., Teologia Morale Fondamentale. Catechesi Teologica., Edizioni Ares, Milano, 2003, p 67. (Tilulo original: Moral fundamental, Ediciones Rialp, S.A., Madrid, 2000).
[16] Cf. BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n. 3.
[17] Const. Past. Gaudium et spest, n. 17.
[18] BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n. 3.
[19] Ibid., n. 1.
[20] Ibid.
[21] Ibid.
[22] Ibid., n. 2.
[23] Madre Teresa de Calcuta.
[24] JUAN PABLO II,  Exhortación Apostolica Familiaris Consortio, n. 37.
[25] BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n. 2.
[26] http://es.wikipedia.org/wiki/Paz.
[27] Catecismo de la iglesia católica, n. 2317.
[28] Const. Past. Gaudium et spest, n. 77.
[29] Ibid., n. 78.
[30] BENEDICTO XVI, Mensaje para la celebración de la XLV Jornada Mundial de la Paz 01 de enero 2012, n. 6.

viernes, 30 de diciembre de 2011

La sagrada Familia de Nazaret es el modelo de familia por excelencia.



   En el mundo actual marcado por la crisis de valores un bien fundamental para el hombre como lo es la familia se encuentra en peligro. La familia se ha convertido en el centro de muchos ataques, entre ellos, uno de los más perjudiciales, es el propósito de cambiar su constitución y también su función y hoy en día a cualquier tipo de unión, o de uniones, se le pretende llamar “familia” y puede ser impuesto como modelo de familia. Cada quien puede construirse el tipo de familia (hombres con hombres, mujeres con mujeres) y/o de familias que le parezca (can), porque hay quienes tienen más de una familia de manera paralela. Lo peor de todo esto, lo más triste de esto, es que estos nuevos tipos de familias propuestos están siendo aceptados por muchas personas que comienzan a ver a estos fenómenos como algo normal. Muchos ven en esto como un avance, una evolución, algo a lo que se tiene derecho y que debe ser aceptado por las leyes como en el caso de las uniones de personas de mismo sexo. Y que debe ser aceptado también por la iglesia, que según la opinión de algunos, debe modernizarse y adaptarse a los tiempos. El adulterio y las uniones libres también están siendo ampliamente aceptados, incluso por quienes se llaman a sí mismo católicos, quienes en lugar de defender la sacralidad del matrimonio y el valor inestimable de la fidelidad conyugal, se prestan con su actitud y apoyo hacia este tipo de relaciones irregulares, a propagar algo que es absolutamente dañino para el hombre, para el bien de las familias y de la sociedad.

   A la familia, tal como Dios ha querido que sea y de la cual tenemos un ejemplo en la Sagrada Familia de Nazaret, hay que defenderla, apoyarla y promocionarla de palabras, con gestos y con nuestras actitudes. Debemos educar a los niños desde la más temprana edad y mostrarles con palabras y con el ejemplo lo que es y el verdadero significado de la familia, del matrimonio sacramental y el valor y el respeto que encierran la fidelidad conyugal.

   Al contemplar el misterio del Hijo de Dios que vino al mundo rodeado del afecto de María y de José, invito a las familias cristianas a experimentar la presencia amorosa del Señor en sus vidas. Asimismo, les aliento a que, inspirándose en el amor de Cristo por los hombres, den testimonio ante el mundo de la belleza del amor humano, del matrimonio y la familia. Esta, fundada en la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, constituye el ámbito privilegiado en el que la vida humana es acogida y protegida, desde su inicio hasta su fin natural. Por eso, los padres tienen el derecho y la obligación fundamental de educar a sus hijos en la fe y en los valores que dignifican la existencia humana. […] Vale la pena trabajar por la familia y el matrimonio porque vale la pena trabajar por el ser humano, el ser más precioso creado por Dios [1].

   El bien de la persona y de la sociedad humana y cristiana está íntimamente vinculado a la “buena salud” de la situación conyugal y familiar[2].

Esther María Iannuzzo P.




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[1] BENEDICTO XVI, Ángelus 30 de diciembre 2007 Festividad de la Sagrada Familia.
[2] Constitución Pastoral Gaudium et Spes, N 47.






jueves, 29 de diciembre de 2011

La oración y la Sagrada Familia de Nazaret




Benedicto XVI


Audiencia General, Miércoles 28 de dic. 2011.


El encuentro de hoy se desenvuelve en el clima navideño, penetrado de intima gloria por el nacimiento del Salvador. Hemos a penas celebrado este misterio, cuyo eco se expande en la liturgia de todos estos días. Es un misterio de luz que los hombres de cada época pueden revivir en la fe y en la oración. Es propio a través de la oración que nosotros nos hacemos capaces de acercarnos a Dios con intimidad y profundidad. Por eso, teniendo presente el tema de la oración que estoy desarrollando en este periodo de la catequesis, hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre como la oración hace parte de la vida de la Sagrada Familia. La casa de Nazaret, de hecho, es una escuela de oración, donde se aprende a escuchar, a meditar, a penetrar el significado profundo de la manifestación del hijo de Dios, tomando el ejemplo de María, José y Jesús.

Permanece memorable el discurso del Siervo de Dios Paolo VI en su visita a Nazaret. El Papa dice que en la escuela de la Sagrada Familia nosotros ≤comprendemos porque debemos tener un disciplina espiritual, si queremos seguir la doctrina del Evangelio y llegar a ser discípulos de Cristo≥. Y agrega: ≤en primer lugar esa nos enseña el silencio. Oh, sí permaneciera en nosotros la estima por el silencio, atmósfera admirable e indispensable del espíritu: mientras estamos aturdidos por tantos ruidos y voces resonando en la vida frenética y tumultuosa de nuestro tiempo≥. Oh, silencio de Nazaret, enséñanos a ser firmes en los buenos pensamientos, atentos a la vida interior, listos a escuchar bien las secretas inspiraciones de Dios y las exhortaciones de los verdaderos maestros≥ (Discurso en Nazaret 5 de enero de 1964).

Podemos obtener algunas ideas sobre la oración, sobre la relación con Dios, de la Sagrada Familia, en los relatos evangélicos de la infancia de Jesús. Podemos comenzar por el episodio de la presentación de Jesús en el templo. san Lucas narra que María y José, ≤cuando se cumplieron los días del ritual de la purificación, según la ley de Moisés, llevaron el niño a Jerusalén para presentarlo al Señor≥ (2,22). Como cada familia hebrea observante de la ley, los padres de Jesús se presentaron al templo para consagrar a Dios al primogénito y para ofrecer el sacrificio. Movidos por la fidelidad a lo prescrito, parten de Belén y se acercan a Jerusalén con Jesús que tiene apenas cuarenta días; en lugar de un ovejo de un año presentan la oferta de las familias sencillas, es decir dos palomas. Ese de la Sagrada Familia es el peregrinaje de la fe, de la oferta de los dones, símbolo de la oración, y del encuentro con el Señor, que María y José ya ven en el hijo Jesús.

La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del hijo le pertenece de una manera especial, ya que se ha formado en su seno, tomando de ella también una semejanza humana. A la contemplación de Jesús nadie se ha dedicado con tanta asiduidad como María. La mirada de su corazón se concentra sobre él ya al momento de la Anunciación, cuando lo concibió por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos, advierte poco a poco su presencia, hasta el día del nacimiento, cuando sus ojos pueden fijar con ternura materna el rostro del hijo, mientras lo envuelve en pañales y lo colca en el pesebre. Los re cuerdos de Jesús fijados en su mente y en su corazón, han marcado cada instante de la existencia de María. Ella vive con los ojos su Cristo y hace un tesoro de cada una de sus palabras. San Lucas dice: ≤Por su parte [María] guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón≥ (Lc 2,19), y así describe la actitud de María ante el Misterio de la Encarnación, actitud que se prolongará durante toda su existencia: custodiar las cosas meditándolas en el corazón. Lucas es el Evangelista que nos da a conoce el corazón de María, su fe (cfr 1,45), su esperanza y obediencia (cfr 1,38), sobre todo su interioridad y oración, (cfr 1,46-56), su libre adhesión a Cristo (cfr 1,55). Y todo esto procede del don del Espíritu Santo que desciende sobre ella (cfr 1,35), como descenderá sobre los apóstoles según la promesa de Cristo (cfr At 1,8). Está imagen de María que nos regala san Lucas presenta a la virgen como modelo de todo creyente que conserva y compara las palabras y las acciones de Jesús, una comparación que es siempre un progresar en el conocimiento de Jesús. En la estela del Beato Juan Pablo II (cfr Lett. ap. Rosarium Virginis Mariae) podemos decir que la oración del Rosario obtiene su modelo propio de María, ya que consiste en el contemplar los misterios de Cristo en unión espiritual con la Madre del Señor. La capacidad de María de vivir de la mirada del Señor es, por así decirlo, contagiosa. El primero a hacer la experiencia ha sido San José. Su amor humilde y sincero por su prometida y la decisión de unir su vida a aquella de María ha atraído y penetrado también a él que ya era un ≤hombre justo≥ (Mt 1,19), en una singular intimidad con Dios. De hecho, con María y luego, sobre todo, con Jesús, el comienza un nuevo modo de relacionarse con Dios, de acogerlo en la propia vida, de entrar en su proyecto de salvación, cumpliendo su voluntad. Después de haber seguido con confianza las indicaciones del Ángel - ≤no temas de tomar a María como esposa≥ (Mt 1,20) él se llevó a María consigo y compartió su vida con ella; se ha verdaderamente donado todo él mismo a María y a Jesús, esto lo ha conducido hacia la perfección de la respuesta a la vocación recibida. El Evangelio, como sabemos, no ha conservado ninguna palabra de José: la suya es una presencia silenciosa, pero fiel, constante, activa. Podemos imaginar que también él, como su esposa y en íntima consonancia con ella, haya vivido los años de la infancia y la adolescencia de Jesús, disfrutando, por así decir, su presencia en su familia. José ha cumplido plenamente su rol paterno, en todos los aspectos. Seguramente ha educado a Jesús en la oración, junto con María. El, en particular, lo habrá llevado consigo a la sinagoga, en los ritos del sábado, como también a Jerusalén, para las grandes fiestas del pueblo de Israel. José, según la tradición hebraica, habrá guiado la oración domestica, sea en la cotidianidad - en la mañana, en la tarde, en las comidas – sea en la principales solemnidades religiosas. Así, en el ritmo de los días transcurridos en Jerusalén, entre la sencilla casa y el laboratorio de José, Jesús ha aprendido a alternar oración y trabajo, y a ofrecer a Dios también la fatiga para ganar el pan necesario para la familia.

Y finalmente, otro episodio que ve a la Sagrada Familia de Nazaret reunida junta en un evento de oración. Jesús, lo hemos escuchado, a los doce años se acerca con los suyos al templo de Jerusalén. Este episodio se coloca en el contexto de peregrinaje, como subraya san Lucas: ≤Sus padres se acercaban cada año a Jerusalén para la fiesta de pascua. Cuando él tenía doce años, se fueron según la costumbre de la fiesta≥ (2,41-42). El peregrinaje es una expresión religiosa que se nutre de oración y, al mismo tiempo la alimenta. Aquí se trata de aquél pascual, y el evangelista nos hace observar que la familia de Jesús lo vive cada año, para participar en los ritos de la ciudad santa. La familia hebrea, como aquella cristiana, ora en la intimidad domestica, pero ora también junto a la comunidad, reconociéndose parte del Pueblo de Dios en camino ye l peregrinaje expresa justo este estar en camino del Pueblo de Dios. La pascua es el centro y el culmine de todo esto, e implica la dimensión familiar y aquella del culto litúrgico y publico.

En el episodio de Jesús a los doce años, son registradas también las primeras palabras de Jesús: ≤ ¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debía estar en los asuntos de mi Padre?≥ (2,49). Luego de tres días de búsqueda, sus padres lo encontraron en el templo sentado entre los maestro mientras lo escuchaban y lo interrogaban (cfr 2,46). A la pregunta del por qué ha hecho eso al padre y a la madre El, ha respondido que solo ha hecho aquello que debía hacer el Hijo, es decir estar junto al Padre. Así El indica quién es el verdadero Padre, cuál es la verdadera casa, que El no ha hecho nada de extraño, de desobediente. Ha permanecido donde debía estar el hijo, es decir junto al Padre, y ha subrayado quién es su Padre. La palabra ≤Padre≥ supera el acento de esta respuesta y aparece todo el misterio cristológico. Esta palabra abre por lo tanto el misterio, es la clave al misterio de Cristo, que es el Hijo, y abre también la clave a nuestro misterio de cristianos, que somos hijos en el hijo. Al mismo tiempo, Jesús nos enseña cómo ser hijos, propio en el estar con el Padre en la oración. El misterio cristológico, el misterio de la existencia cristiana está íntimamente vinculado, fundado sobre la oración. Jesús enseñará un día a sus discípulos a orar, diciéndoles a ellos: cuando oren digan ≤Padre≥. Y, naturalmente, no lo digan sólo con una palabra, díganlo con vuestra existencia, aprendan siempre más a decir con vuestra existencia: ≤Padre≥; y así seréis verdaderos hijos en el Hijo, verdaderos cristianos.

Aquí cuando Jesús estaba plenamente insertado en la vida de la familia de Nazaret, es importante notar la resonancia que puede haber tenido en los corazones de María y José escuchar de la boca de Jesús aquella palabra ≤Padre≥, y revelar, subrayar quien es el Padre y escuchar de la boca de Jesús con la conciencia de Hijo Unigénito, que justo por esto ha querido permanecer por tres días en el templo, que es ≤la casa del Padre≥. Desde entonces podemos imaginar que la vida en la Sagrada Familia fue todavía más llena de oración, porque del corazón de Jesús niño – y luego adolescente y joven – no cesará más de difundirse y de reflejar en los corazones de María y de José este sentido profundo de la relación con Dios Padre. Este episodio nos muestra la verdadera situación, la atmosfera de estar con el Padre. Así la familia de Nazaret es el primer modelo de la iglesia en la cual, alrededor de la presencia de Jesús y gracias a su mediación, viven todos la mediación filial con el Padre, que transforma también las relaciones interpersonales, humanas.

Queridos amigos, por estos diversos aspectos que, a la luz del Evangelio, he brevemente expuesto, la Sagrada Familia es icono de la Iglesia domestica, llamada a orar junta. La familia es Iglesia domestica y debe ser la primera escuela de oración. En la familia los niños, desde la más tierna edad, pueden aprender a percibir el sentido de Dios, gracias a la enseñanza y al ejemplo de los padres: vivir en una atmosfera marcada por la presencia de Dios. Una educación auténticamente cristiana no puede prescindir de la experiencia de la oración. Si no se aprende a orar en familia, será luego difícil lograr llenar este vacío. Y, por lo tanto, quisiera dirigir a ustedes la invitación a redescubrir la belleza de orar juntos como familia en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret. Y así llegar a ser verdaderamente un solo corazón, una sola alma, una verdadera familia. Gracias.



Fuente de la información: http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/audiences/2011/documents/hf_ben-xvi_aud_20111228_it.html

Traducido del italiano al español por Esther María Iannuzzo.